Rizadas, que no modernas

El pelo rizado me ha acompañado durante toda mi vida. Recuerdo que, desde los nueve hasta los catorce años, me lo cepillaba sin piedad antes de ir al cole. Para más inri, llevaba flequillo. Parecía un estropajo ambulante; un caniche. Justo antes de empezar el instituto, mi madre me compró un producto que me cambió la vida: la espuma de definición. Ahí descubrí la auténtica forma de mis rizos y me atreví a liberarlos. Por primera vez, la gente comenzó a alagar mi pelo: “¡cómo me gustaría tener el pelo rizado!” -me repetían. Era una época -finales de los 80- en la que muchas chicas iban a la peluquería para moldearse el cabello; el richi, llamaban a un tipo de permanente que dejaba el rizo muy chiquitín y el cabello muy estropeado. Además, se llevaban los cardados y se consumía laca a toneladas. ¡Imaginaos el panorama!

Las planchas: el nuevo must en todos los hogares.

Sin embargo, pronto pasó aquella época de gloria rizada y volúmenes y se democratizó un nuevo producto: las planchas de pelo. De repente, aquel instrumento mágico del que solo gozaban las peluquerías estaba en todos los cuartos de baño. No bastaba con tener el cabello ondulado, sino que debía de estar religiosa y estrictamente planchado. En paralelo, fuimos testigos de un montón de tratamientos de alisado: japonés, brasileño, con queratina… Unos más agresivos que otros, pero con un único objetivo: conseguir la melena lisa perfecta independientemente de la estructura natural del cabello. Yo misma me atreví a ir contra natura y hacerme un desrizado. En un principio, mi pelo nunca había estado tan liso y sedoso. Me bastaba con secármelo un poco con el secador para conseguir una sorprendente melena lisa. Sin embargo, no tardé demasiado en entrar en un círculo perverso que me exigía aplicarme un desrizado tras otro, además de dedicar más tiempo a las planchas y al secador. Empecé a perder pelo. No solo el cuero cabelludo estaba irritado, sino que mi cabello se apagó. Era liso -muy liso, sí-, pero sin vida. Conseguí a duras penas revivirlo, y me resigné a tener un cabello que no me ilusionaba. Estaba muy seco, y tenía que lavarlo cada dos días si quería tener un poco de definición y evitar el encrespamiento.

El descubrimiento de «el método».

En pocas palabras, siempre había sentido que mi cabello no me correspondía, hasta que descubrí el método curly girl. No os voy a dar detalles sobre en qué consiste, pero seguro que muchas ya lo conocéis. Solo puedo deciros que, gracias a él, me he reconciliado con mi cabello, ofreciéndole productos adecuados –solemos tratar al cabello rizado con productos para pelo liso– y poniendo en valor sus atributos. Además, hay algo más importante detrás de todo esto; la base que sustenta al método curly girl: el empoderamiento al cortar las cadenas que nos subyugan a las modas.

Somos muchas las que estamos hartas de perseguir estúpidos estereotipos que nos someten, nos condenan y nos enemistan de nuestros cuerpos. Si tienes el cabello liso, hazme hazte el favor de no someterlo a permanentes. Seguramente, estarás recibiendo muchos inputs de chicas guapísimas luciendo melenas rizadas espectaculares. Te estarás maldiciendo por haber nacido con el cabello liso y te plantearás hacerte un moldeado que te han dicho que no estropea el cabello y blablablá. Por favor, no sucumbamos más.

El otro día la peluquera me dijo que qué suerte tenía, ahora que “los rizos se habían vuelto a poner de moda”, y volví a sentir pena. Las rizadas no deberíamos ser una tendencia ni tendríamos que querer serlo. Señoras, cortemos ya por lo sano con estas imposiciones. Luzcámonos tal y como somos, gordas y canijas, enanas o jirafas, arrugadas o jóvenes. Por cierto, si tienes el pelo rizado ya estás tardando en liberar a esos caracolillos.

Foto: https://www.eluniversal.com.co/cartagena/no-es-pelo-cucu-es-cabello-rizado-209816-PSEU312481

 

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